lunes, 31 de octubre de 2011

Tiempo prestado






De entre todas las maneras de definir  la vida, siempre he preferido aquellas que hacen referencia a la frenética lucha que entablamos contra el paso del tiempo, a la carrera a contrarreloj con destino a nuestra propia muerte o al buen uso que estamos obligados a dar al tiempo que nos ha sido concedido. Malgasto mucho de esa vida en usufructo en imitar a las agujas de los relojes, centrifugando planteamientos para los que me falta materia gris, acerca de la archifamosa ecuación espacio-tiempo y sobre sus estrafalarios delirios, como pueden ser el destino o el azar. Miles de millones de tipos mejor o peor dotados que yo, se han sentido y se sienten pequeños ante dos de las tres variables que rigen la existencia de todo un universo, según se conoce hasta el momento;  y no cabe duda de que esos accesos físico-existencialistas brotarán como muñecas-repollo en las curiosas mentes de todos los que están por nacer y que lanzarán preguntas al viento por no saber a quién dirigirlas.

En mi catálogo personal siempre son tendencia las ínfulas divinas del mono mejorado.  El hombre de antaño estructuró el imparable paso del tiempo en diferentes sistemas de medida, en honor a fulanito o a menganito o a un determinado punto del espectro celestial. Sea como sea,  ha hecho todo lo posible por materializar el  tiempo en sus manos. Y aunque el tiempo sabe que pone el tablero, las fichas nos rebelamos intentando marcar las reglas del juego. Le pedimos que pare, que corra, que se detenga, que vuelva atrás, que cure, que sane o que no llegue.


Y ahora sí que lo hacemos retroceder. No es ciencia-ficción. Es ahorro energético. El maldito parné es tan descarado que osa cambiar el rumbo del viaje del Universo. No podía ser menos. La primera consecuencia es que nos regalan sesenta minutos más de vida que volverán a llevarse dentro de seis meses.

Y tengo aquí esa hora junto a mí pero no sé qué hacer con ella. La guardo en un joyero del que sale una bailarina coñazo y cursi que gira a trompicones sobre sí misma como las agujas de un reloj,  sin saber lo estúpida que es esa manera de perder el tiempo. Esa bailarina que duerme en la noche impuesta  al cerrar la tapa del joyero y que amanece de un sobresalto para reanudar la rutina de ese paso de baile de peonza inagotable,  cada vez que me da por abrirla. Casi como nosotros, que salimos de la cama cada día porque hay luz afuera y danzamos por el mundo sin diferenciar mucho un día del otro hasta que alguien cierra el joyero y vuelve a oscurecer.  Ojalá supiésemos alguna vez a capricho de quién.

Pero sigo sin saber qué hacer con esa hora prestada. Busco el modo de hacerla mía para siempre. O hacer algo genial con ella y devolver tan solo un mal rato cuando vuelvan a buscarla, pero el tiempo es ecléctico y nunca sabe bien en qué lado situarse.

Recuerdo aquellos días de vacaciones a los que rogué que no me permitiesen recuperar mi rutina; recuerdo la hora de volver a casa que quise esquivar siempre cuando jugaba de niño; recuerdo los momentos a los que supliqué quedar congelados y permanecer intactos para siempre; recuerdo los instantes que ya se fueron y persigo sin descanso para devolverlos a la vida; recuerdo la euforia y la ansiedad por la llegada de fechas que prometían felicidad; recuerdo las noches junto a ti en las que parecía desparecer el mundo,  a las que suplicaba que no dejasen salir al sol… Pero también recuerdo el deseo incontrolable de acelerar los segundos hasta volver a verte; recuerdo la obsesión que roba el sueño en esa noche que querría pasar como una página en blanco; recuerdo el miedo que  hace susurrar una letanía para que todo acabe pronto; recuerdo aquello que haría de otra manera si pudiese volver atrás, recuerdo la esperanza ilusa de que no hay mal que dure cien años y recuerdo las esperas que se disfrazan de eternidad.


Así que no sé si a esa hora le dará por ser algo memorable o un mal trago. No sé si será fugaz o si echará raíces. No sé si la recordaré hasta el fin de mis días o si se perderá en el lodazal del olvido. No sé si será pasajera o perenne, si dulce o amarga… No lo sé. Ahí sigue metida en su cajita, custodiada por una bailarina reincidente, coñazo y cursi; que pasa del reposo absoluto a la actividad frenética y de las tinieblas a la claridad con un solo golpe de tapa. Y visto de ese modo, esos sesenta minutos se me antojan toda una vida por vivir.


domingo, 16 de octubre de 2011

Como lágrimas sin la lluvia



El otoño que no llega y el verano que no cesa andan con sus egos a la gresca sin tener piedad de la flora y la fauna que poblamos la Ciudad de las facturas. Ni gota de agua, ni rastro de frío. Consumen el mes de octubre enfrascados en un daca y toma por copar chácharas de barra de cafetería, de taxi y de ascensor.  Como si no tuviésemos otra cosa de la que hablar… Con la que nos está cayendo y con la que no nos está cayendo.  De las pocas cosas de las que podemos hablar, todo sea dicho, sin abrir nuevos frentes y sin abrirnos la frente.

Puta crisis. Por quitarnos, que no quede ni  el otoño ensoñador. Los paseos sobre alfombras de crujientes hojas muertas, el viento que se pone bravo cuando huele el aroma afrutado del champú en tu melena y la azota con lujuria, sadismo y perversión; las lluvias purificadoras que nos despojan de esos recuerdos de verano disoluto, aún frescos,  que solo echan raíces en esta época de reconexión a la rutina para recochinearse de la ortodoxia moral del frío que ha de venir… Parece mentira que uno siga añorando el bucolismo de las cosas. Con la que nos está cayendo. Con la que no nos está cayendo. Tía puta, la crisis.

No se conforma con teñirnos el futuro de negro, que ahora nos pinta el cielo de gris. Y no ese gris otoñal que tira a blanquecino y que llama a gritos a los melancólicos. No, no es ese. El gris de este cielo en crisis es la penitencia que pagamos por nuestro pecado altamente contaminante de progreso tecnológico. Es nuestra propia e inútil mano de pintura, que ni tapa desconchones ni agujeros, ni disimula grietas.  Y no llueve ni gota. Ni a cántaros, ni de forma intermitente, ni txirimiri , ni torrencialmente, ni a mares. No nos está cayendo con la que nos está cayendo. Es como si el cielo nostálgico del otoño se hubiese quedado sin lágrimas y disimulase las penas con una hipócrita sonrisa impostada en forma de sol.

No sé si nosotros, mientras que no cae, lloramos o lloriqueamos por la que nos está cayendo. Salimos a la calle a protestar a los de arriba como si fuéramos cherokees danzando por la lluvia, porque la ausencia de precipitaciones nos precipita a un ambiente corrupto  que nos asfixia y nos petrifica las vías respiratorias. Salimos a la calle a pedirles que dejen de ahogarnos, que nos dejen respirar. Les reclamamos un poco de la lluvia que han acumulado con tanto afán a costa de dejarnos secos.  Nos mojamos sin mojarnos. Pero ellos andan enfrascados como el verano que no cesa y el otoño que no llega, negándonos la lluvia, envileciendo el ambiente, ennegreciendo las vistas, haciendo menos soportable cada día por venir.

Esa lluvia que no llega tiene que arrasar la mugre acumulada, alimentar la tierra seca para que vuelva a brotar vida de ella, aclarar el horizonte para que de nuevo podamos ver algo en él. La lluvia que no llega debe aniquilar a los agentes tóxicos que se hacen ricos y fuertes en este clima enrarecido, a costa de nuestra propia vida.

No sé si ante eso, insisto, lloramos o lloriqueamos; pero mi sensación es que nuestras lágrimas caen en el pozo seco de la conciencia de los que nos tienen que escuchar.  Los de arriba pensarán que nos basta con seguir bebiendo cervecitas en las terrazas que nunca cierran, pero la realidad es que nos estamos muriendo de sed.  O es este cielo gris sin nubes el que nos está matando;  que aunque haya perdido su color, no deja de ser inmenso y eterno, y hace que cada día parezca más difícil que todos estos malos momentos se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia.