A solas.

Después de haber perdido el hábito, me dispuse a mirar una noche la televisión. Tras un indignante par de horas, decidí que sería la última vez. La apagué, la desenchufé y a trompicones , la bajé a la calle para dejarla abandonada junto a los cubos de basura. Le pegué un cartel que rezaba “funciona” y le adherí el mando a distancia con cinta americana. Creo que el camino quedó sembrado de malas noticias, de chistes sin gracia, de concursos amañados, de vísceras calientes y sangrantes, de corazones en venta, de consumismo devorador, de patrocinios, de gilipollas de carné, de dirigentes ineptos, de entrepiernas concurridas, de eruditas palabras huecas y de gritos con más volumen que sentido.
A la noche siguiente, me tiré sobre el sofá y me fijé en el escaso uso que, a partir del suceso anterior, iban a tener el DVD y todas las películas que coleccionaba. Cada vez las veía con menos frecuencia, puesto que me dedicaba a comprar más y más, hasta llegar al remordimiento. Las guardé en dos cajas y junto con el reproductor y el mando a distancia, les apliqué la misma pena que había sufrido el televisor. Creo que el ascensor se llenó de besos, de disparos directos al corazón y explosiones de alegría, de lágrimas y sonrisas, de frenéticos latidos, de labios de rojo carmín, de cruces de piernas, de efectos especiales, de afectos espaciales, de miradas que matan, de viajes iniciáticos a ninguna parte, de persecuciones, de amores imposibles, de pajillas adolescentes, de gente que canta porque sí, de polvos a contraluz, de ruido de sables y golpes de látigo.
Pasó otra noche y después de cenar, abrí un libro y conecté el MP3. Traté de fijarme en los renglones, pero mis ojos se desviaban hacia el equipo de música. El desarrollo tecnológico había convertido ese aparato en una estatua de sal. Incluso tenía radio-cassette, cuando hacía años que no veía una cinta en casa. Tras sopesar su utilidad, en plena ebullición de mi revolución pragmática, me invadió el deseo de deshacerme de aquel engendro mecánico desfasado, junto con la colección de CDs. A la puta calle. Por el sendero del olvido se cayeron mi rabia juvenil, mis preocupaciones, mis soluciones, mis serenatas a la luz de la luna en tus ojos, mi euforia, mi nostalgia, mi inspiración, la melancolía, el alimento de mis sueños, mis miserias inconfesables, mis gritos y mi silencio, el consuelo de mi frustración, el odio reprimido, más de quinientas noches sin dormir, mis fiestas caseras y las bromas macabras que a veces me gasta mi imaginación traviesa.
La cuarta noche continué con la lectura y los auriculares como única distracción posible. Así pasaron los días igual que las páginas. Tanto, que alternar y mezclar los libros con la música terminó por resultarme monótono y rutinario. No me molesté mucho con el MP3. Lo tiré por la ventana y esperé a que emitiese su último sonido al convertirse en añicos contra el suelo. Creo que el aire que atravesó se roció de notas, pero también de atardeceres, de gestos mudos, de paseos con la mirada perdida, de paseos con la vista clavada en mis pies, de impulsos reprimidos, de cielos grises, de arrepentimientos, de voyeurismo al amor de una jarra de cerveza, de brisa en el rostro, de deseos de llamarte, del vértigo de no verte nunca más, del insoportable insomnio, de propósitos de enmienda y de enmiendas a mis propósitos.
Acto seguido, apilé los libros encima de una sábana y los envolví a modo de hatillo para bajarlos a la basura. Aquello pesaba un quintal y no alivió la carga tan siquiera el hecho de que en el trayecto, se desprendiera aquel lugar al que imaginé viajar contigo, aquella hazaña que quise protagonizar, aquel villano al que quise dar muerte, aquella mujer a la que puse tu rostro y tu cuerpo, aquellas palabras que imaginé saliendo de tu boca, aquella frase que subrayé pensando en ti o aquella otra que memoricé para repetirla antes de besarte
Pasaron los días. Quizás semanas. El tiempo es difuso cuando sólo te escuchas a ti. En un principio, me sentí orgulloso de haberme librado de todo lo accesorio, de no tener excusa entonces para conectar en total sintonía conmigo mismo. Pero no tardé en darme cuenta de que, en realidad, me había deshecho de las herramientas que me habían fabricado, y que de todo aquello, tan sólo quedaba ya el recuerdo que para siempre viviría en mí. Sensaciones y sentimientos que habían echado raíces en mi glosario emocional, capaces de resistir a las devastadoras tormentas del olvido. Y pensé que ocurre exactamente lo mismo con los seres queridos. Disfrutamos de su compañía hasta que nos cansamos o hasta que un capricho del destino nos arrebata su presencia sin remisión. Entonces retornaremos al fantasma de los momentos que sólo tuvieron algo especial por el hecho de ser compartidos y querremos vivir para siempre en esa otra dimensión. Cuando la conciencia sólo acierta a decir:- “Ya es tarde”.
Miré el desolado y desértico paisaje que presentaban las estanterías.
Descolgué el teléfono y marqué tu número.
P.S. Para Kari y para Abel.
Comentarios
Hijo de la chingada ¡¡
Se te perdona las dos semanas en blanco.
Fantastico Men ¡¡
Cómo era? Ah! sí!
"...seco, tieso, vacío, hueco, vano, insulso, abotargado, en letargo...; en coma, para resumir".
Joder, Kacho!!
PLAS! PLAS! PLAS!!
No he visto tu trabajo con la cámara pero si es la mitad de bueno que tu buen hacer con el verbo, aprovecha la vena pragmática de la que haces gala en el texto, aplícale la misma pena a la cámara y dedícate a escribir.
:)
Y, como iba diciendo, tirar todo esto...y hacerlo con tus palabras.
T de.o u. b.so (se me ha ido la cobertura)
A ver si nos vemos con más frecuencia .
Hablamos .
Un abrazo grande !