sábado 17 de octubre de 2009

La leyenda del maldito bebedor

Fotografía: Alberto Tallón. (Sin permiso)

El camino de vuelta a casa es la vía muerta que se desvía a los abismos. A este Ulises no le espera Penélope. Se adentra voluntariamente en los limbos oscuros del Olimpo. Allá donde un resto de ser humano puede ser recibido con cierta benevolencia porque no sabe en qué antro se dejó la dignidad.

Los guardianes de la perdición le abren las puertas de la entrada en barrena. La masa informe se divierte en masa mientras él busca por la Ciudad de las facturas lo que fue el motivo de su felicidad. La música que le ensordece le parece nueva porque siempre sonó enmudecida por el susurro de su voz. Se adentra sin su mano en su cintura, sin el rastro de su aroma, sin lanzar miradas inquisidoras a la pléyade de chuzos que se rompían el cuello al paso del objeto de su veneración.

Busca un hueco solitario donde los demás buscan compañía. Los codos fijados a la barra. El cenicero próximo a la medida del brazo. El pie sobre el estribo y el vaso lleno. A rebosar, de algo que entre generando más fuego del que despiden las brasas que le consumen por dentro.

Postura fingida.

Mirada perdida.

Cigarro prendido.

Parece un mito.

Las canciones que le recitó han escondido su letra porque ella no las quiere oir.

Se regocija en el patetismo de su actitud y se cobra el triunfo de las miradas de todo tipo que atrae. Al fin y al cabo, se siente diferente entre todos aquellos a los que no se quiere parecer. Ellos vinieron a fomentar el olvido. Él llegó para cimentar sus recuerdos. Mientras todos rebuscan entre la sección de novedades, él viene a agotar otra posibilidad de encontrarla entre dos millones.

Trastea en los rincones y se encuentra con sus besos, pero besa el frío de un vaso cuyo contenido le abrasa. Todo es bueno porque es malo. Todo es una paradoja. Se siente solo por despreciar su compañía. Se odia porque la quiere. Su ausencia está presente. La mira donde no está. Se muere por vivir con ella. Tiene prisa por darle tiempo. Se pierde por recuperarla. Se cuestiona en futuro el presente. No sabe si le duele más que esté bien o que esté mal. La imagina de la peor manera para sentirse mejor. La imagina bien para sentirse mal. Quiere aniquilar su ego a tragos.

Sigue buscando su imagen y se detiene en quien se le parece. Se pudre. No está y no va a llegar. Sólo quedan mil garitos en los que buscar. Mil garitos en los que no es nadie cuando quiere volver a sentirse alguien.
Mata la culpa a tragos cuando aflora. Fuma más para nublar lo que no aceptó.

Las bocas de los parroquianos parecen escupir mierda. Sabe que en otro lugar, alguien hace lo mismo sobre él. Eso lo aplaca un vaso lleno más. Sigue girando el cuello hasta doler más de lo que había estado soportando. Cierra los ojos para verla aparecer. Espera el truco del prestidigitador para volver a creer en la magia. Ya sabe que es idiota. Siempre le gustó dejarse engañar. A veces, las que menos, se conformó con la verdad.

Exprime los hielos para agotar su energía y caer muerto para enfrentarse a un día siguiente más. Cuando se ahoga, porque nada tiene ya sentido para seguir flotando, acepta la razón:

- Tú.

domingo 4 de octubre de 2009

El hombre muerto

Fotografía: Kacho


Ayer volví a ver morir a un hombre.

Es muy diferente ver morir a un hombre a contemplar un cadáver. Cuando un hombre muere ante tus ojos, observas cómo la vida se escapa de su interior y cómo se apaga su cuerpo. Es un momento único, el fin del proceso. La vida posee un origen infinito. Somos una ramificación última de una energía que siempre ha existido y cuyo principio es indeterminable. En cierto modo, somos eternos. Hemos variado nuestra forma, nuestro tamaño, nuestro organismo, nuestra estructura; pero la vida que nos mantiene ubicados en espacio y tiempo no tiene procedencia definible, ni nacimiento, ni creación. El alumbramiento es tan sólo otro cambio de estatus, pero antes de ese acontecimiento, ya existíamos.

La muerte es el fin de esa existencia que viene del origen del tiempo. Ayer volví a ver morir a un hombre y volví a perder mi conciencia en la magnificencia y la sublimidad de ese instante. Ese hombre murió contemplado por mis ojos atónitos. Murió porque se le paró el corazón. Siempre se muere así. En el caso de este difunto, su corazón podría haber funcionado durante algún tiempo más, pero de algún modo, prefirió hacerlo por última vez a seguir latiendo con menos intensidad de a la que su dueño le tenía acostumbrado.

El hombre que murió ayer ante mis ojos tiene nombre y apellidos. No es necesario que os los diga para saber que lo conocíais.

El hombre al que ayer vi morir era el hombre que yo fui hasta ayer. Ocurre con mayor o menor frecuencia, pero no es ni de lejos, la primera vez. De hecho, podría llenar un cementerio con los féretros que ocupan los cadáveres de los hombres que fui. Todos comparten el hecho de haber sido yo antes de mí. Algunos son llorados y permanecen en la memoria de alguien para alimentar su nostalgia. Otros son bien dados por muertos y su óbito es motivo de alegría para quien deseó su desaparición. Algunos permanecen en el olvido más absoluto, porque su existencia fue tan corta o tan absurda que no despertaron sentimiento alguno en nadie. Otros vivieron en una desoladora soledad.

Los hombres que fui han muerto por diferentes motivos. A la mayoría se les paró el corazón por desgaste. Otros fueron vilmente asesinados por el hombre que quería ser. A veces no estorbaba tanto su existencia como la de todo aquello que había a su alrededor. A veces, hubo que darles matarile para no morir con ellos. A veces fue alguien muy cercano quien acabó con sus vidas. Pero también los hay que se mataron a sí mismos o aquellos (más cobardes) que simplemente, se dejaron morir.

Los hombres que fui dejaron como herencia el legado de todo lo que sufrieron, lo que amaron, lo que vieron, lo que aprendieron. Puedo ser el hombre que soy gracias a los hombres que fui y a todo aquello que sintieron y experimentaron mientras gozaron de vida. Algunos no debieron morir tan pronto y los posteriores incluso imitaron a sus predecesores, envidiando lo que fueron sin poderlo alcanzar.

Ayer vi morir al hombre que fui hasta ayer con mis propios ojos, pero no siempre es así. En ocasiones, encuentro sus cadáveres por sorpresa. A veces, aún calientes. A veces, en avanzado estado de putrefacción. Los hay que merecen luto, pero los hay que no merecen más que convertirse en carroña o la más cruel profanación.

Los hombres que he sido han de morir para que vivan los hombres que tengo que ser, porque su desaparición se lleva alguna parte de ellos consigo. Liberan a sus sucesores, con su muerte, de aquello que les mató poco a poco, pero el éxito no siempre acompaña el nacimiento de un nuevo hombre. El pasado tiene la capacidad de resurgir de la tierra que lo sepulta y les hace maldecir el testamento que recibieron. El pasado, con sus múltiples disfraces o con su descarnada desnudez. El pasado, reciente o lejano, se empeña en abortar la vida que llega con cada hombre nuevo. Pero es también gracias al pasado por lo que hombres nuevos quieren vivir.

Los hombres que he sido últimamente, agonizaron en pocos días. Incluso en pocas horas. Nacieron con fuerza y no sobrevivieron al despertar. Otros estaban muertos en vida. Algunos eran fuertes, pero se desangraron tras una puñalada trapera asestada por un pensamiento traidor.

Ayer volví a ver morir al hombre que fui con mis propios ojos. Nunca es fácil verse morir. Pero el hombre que soy hoy, despidió al hombre que fui hasta ayer, ante su absorta mirada, con la conciencia clara de que hay que morir muchas veces para poder vivir un poco más.

jueves 10 de septiembre de 2009

REVOLUCIÓN II


Date un respiro y deja de ser tú.
Olvida que conoces el mundo a través de tus sentidos viciados y consentidos.
No te escuches. No tamices la realidad a través de tu yo.
Olvídate de ti.
El mundo es mucho más viejo que tú. No eres nada en la historia del universo. Todo lo importante hubiese ocurrido igual sin tu presencia.
De no haber existido, nadie te echaría de menos.
Piensa en quien dejaste en el camino y te sacó de su vida sin trauma alguno.
Deja de almacenarlo todo en ti. No te sientas dueño de nada.
Hay quien se alegra de haberte perdido de vista.
Lo que sientes, ya ha sido sentido. Nunca aportarás nada nuevo al repertorio sentimental de la Humanidad.
Eres una repetición de lo que ya ha sido.
Sal de ti.
Deja de compararte sólo cuando sales perdiendo.
Compadece a otro en vez de a ti. Y no lo hagas pensando en tu privilegiada fortuna.
Trágate tu “yo nunca”.
Quémate por una sola vez que pongas la mano.
Escucha tus palabras como si fuesen las de otro para odiarte.
Si te has odiado alguna vez, nunca conociste el motivo real por el que debiste hacerlo.
Mírate a fondo y averigua si tienes fondo y lo profundo que es o no es.
Cállate y escucha.
Admite que nada es como tú lo ves.
Tu voz te es tan ajena que ni siquiera la reconoces al oírla fuera de ti.
Dime que es mentira.
Todo lo que te gusta fue el gusto de otros.
Este texto ya fue escrito.
Esto ya lo has leído.
Si te quisiste morir, no merecías vivir en comparación con quien moría por seguir vivo.
Fuiste tú como pudo haber sido cualquier otro espermatozoide. Lo hubiesen querido igual que a ti.
Has mentido y te han engañado.
Quien no te conoce, nunca te extrañará.
Puedes morirte con todo lo que guardas. Además, la muerte te viene grande.
Atrévete a no mirarte más a un espejo.
Atrévete a no quejarte nunca más.
Te arrepientes de cosas de tu pasado.
Yo no soy menos que tú. Sangro, tengo madre y también siento que no soy como los demás.
No tienes ni puta idea de lo que tienes. Siempre quieres más.
No has nacido para nadie y nadie ni nada te pertenece.
No te has ganado todo lo que tienes.
Nunca serás lo que admiras.
Te felicitas de mucho más de lo que te recriminas.
Le debes mucho a lo que has imitado.
De lo que tienes, no necesitas casi nada.
Todo existe fuera de tu cabeza. De ella sólo parte tu reducido mundo finito.
Desconoces mucho más de lo que sabes.
Has robado mucho más de lo que has dado.
Reincides en tus errores.
Dime que nunca obraste de mala fe.

Ya has tirado la primera piedra.

Te sobran los motivos para sentirte el ser más dichoso de la Tierra por ser quien eres.

Sigue haciendo falta una Revolución.

sábado 5 de septiembre de 2009

El Bar de las Canciones Prohibidas

Fotografía: Kacho.



Hace noches que frecuento el Bar de las Canciones Prohibidas, adonde no se acude a matar las penas, sino a dejarse matar por ellas, aunque no se pueda morir. Nunca echa el cierre y siempre pilla cerca. Allí se va a emborracharse con alcohol agrio de garrafa, te sirven sin pedir y no existe el último trago.

En el Bar de las Canciones Prohibidas no se cruzan ni palabras ni miradas y reina un silencio sepulcral, aunque el “pincha” no da abasto para satisfacer una triste, llorosa y caprichosa lista de peticiones conformada por todas las canciones que resquebrajan el corazón. Canciones traicioneras, armadas de recuerdos que duelen, sangran y supuran como úlceras infectadas. Mujeres y hombres bailan el silencio que reproduce un tocadiscos sin aguja y las notas resuenan tan solo en sus cabezas. Los altavoces mudos alimentan la nostalgia y los parroquianos se regocijan con descarnado masoquismo en el vacío de una vida perdida, atormentándose con la banda sonora que alguna vez la acompañó.

En el Bar de las Canciones Prohibidas se queman los propósitos de enmienda, retroceden los pasos adelante, se agotan las fuerzas, las páginas se pasan hacia atrás y se enturbia el futuro; porque en este garito, se lleva el pasado a cuestas aunque impida caminar. La debilidad tiene aquí su feudo y las conciencias se guardan en el ropero, para que no encuentren resistencia los versos envenenados, las tóxicas melodías y los solos mortales de necesidad. Con este nocivo repertorio, los clientes resucitan el calor del cuerpo que dormía al lado, el frío que sólo calmaban unos brazos alrededor, la textura de la mano que asían al pasear, la voz que les hablaba al oído o el reflejo de la luna en unos ojos. El olor de un cuello, el sabor de una piel, la perturbación de una mirada, la excitación de un gemido, el tacto de un beso o el escalofrío de una caricia. Las canciones traen consigo la partitura de los momentos compartidos y transportan a lugares visitados en compañía. Proyectan imágenes, repiten palabras y evocan aromas. Los relojes giran en sentido contrario a velocidad de vértigo, en busca del limbo del tiempo condenado a no volver.

En el Bar de las Canciones Prohibidas no hay pósters ni cuadros en las paredes. Los aseos carecen de espejos y el suelo siempre está escurridizo por las lágrimas derramadas. Las sonrisas sólo se esbozan antes de recuperar el llanto, cuando alguien escucha los primeros compases de una canción y retrocede a la memoria correspondiente. No es inusual ver a algún desgraciado tapándose los oídos de pura desesperación. La música de este local pertenece a todas las épocas y a todos los géneros. Las canciones sólo comparten su voracidad destructora, su capacidad de devastación. Desmoronan los muros de la cordura y la razón con la cadencia de su ritmo. Tumban de un solo golpe a los guardianes de la recuperación. Suenan más alto que los buenos consejos y que las palabras de ánimo. Se aferran al alma y expanden sus letras como un virus.

En el Bar de las Canciones Prohibidas flirtea promiscua y descarada la soledad. Se arrima a los clientes sin pudor alguno, esperando que algún incauto decida invitarla a una copa. También danza en la pista la tristeza, tentando a la clientela con sus sinuosos contoneos para acompañarla en su baile. Una y otra seducen al personal ofreciéndose en un peligroso dos por uno que siempre se acaba por aceptar.

En el Bar de las Canciones Prohibidas, aunque no existe el derecho de admisión, no se permite el acceso al olvido.

jueves 3 de septiembre de 2009

Como en un espejo...

Fotografía: Kat Callard.


Las telarañas difuminan el espacio.
Los insectos muertos se descomponen en el suelo embarrado.
El viento corre a su antojo a través del vacío en forma de violentas lenguas de aire caliente que llenan de arena los ojos.
El grifo escupe un fétido mejunje terroso que produce arcadas. Retorciéndome en una de ellas, me topo con mi imagen en el espejo del cuarto de baño.

El espejo que me odia. El espejo que me culpa por haberle arrebatado algo que creyó pertenecerle. Intento razonar con él, pero insiste en martirizarme por haberle privado de la belleza.

Siente furia por no poder seguir robándole su intimidad, de no poder observar el sueño en su rostro por las mañanas o el cansancio en las noches. De no poder distinguir su estado de ánimo por la expresión de su cara, tan conocida para él hasta el punto de considerarla suya. Y por supuesto, las confesiones furtivas de las que le hizo cómplice sin articular palabra alguna.

Por eso, se venga de mí mostrándome mis ojeras indelebles en su azogue desconchado.

Se acuerda de las gotas de agua escurriéndose sobre su piel recién lavada. De su hermoso cuerpo desnudo o a medio vestir, de cómo se contoneaba impúdica ante él , sin saber que su mirada lasciva quería adueñarse de ella.

Extraña sus manos extendiendo la crema por esa anatomía de la que aprendió a imaginar la suavidad y la tersura. Echa de menos su melena alborotada por el aire del secador, cuando se moría por ser el cepillo que mesaba su cabello.

Siempre quiso saber a qué olía aquel perfume que vaporizaba ante él, a qué sabía el dentífrico en su boca, qué tacto tenía aquella imagen que tanto se dejaba mirar.

Por eso, se venga de mí mostrándome mis párpados hinchados, dentro de sus bordes descascarillados.

Añora ver el pincel rozando sus pestañas, la barra de carmín besando sus labios, la brocha acariciando sus mejillas, los pendientes que adornaban sus orejas. Sigue obcecado con sus ojos clavados en ese divino reflejo mientras giraba el cuello para examinar sus perfiles.

Me culpa por haber perdido la mano que lo desempañaba al salir de la ducha y que sofocaba la ansiedad que le producía aquella visión borrosa.

Por eso, se venga de mí mostrándome mi gesto compungido detrás de sus parchajos.

Se niega a aceptar que ya no le despierta de la oscuridad al encender la luz, que no puede ver su boca emitiendo aquellos sonidos que él no podía escuchar.

No me perdona haber dejado de disfrutar de las sonrisas, de los miles de gestos que coleccionaba, de la excitación que le producían aquellos dos cuerpos a los que no parecía importarles su presencia cuando se hacían uno ante él, de las miradas que le dedicaron en aquellos momentos privados que acrecentaron su alma de voyeur.

Reclama el cetro que poseía cuando era el único que les permitía verse uno junto al otro.

Por eso, se venga de mí mostrándome el rictus del llanto a punto de explotar, en su cristal cruzado por las cicatrices.

Este espejo me odia. Debería hacerlo añicos y acabar con su obsesión por torturarme. Pero por desgracia, lo necesito para ponerle rostro a mi conciencia.

domingo 30 de agosto de 2009

Bailando el silencio.




Converso sin palabras,
mastico el aire,
respiro sin oxígeno,
me embriago con botellas vacías,
escribo sin tinta sobre hojas negras,
leo páginas en blanco,
soplo velas sin mecha,
llego tarde a una cita con nadie,
consulto reiteradamente un reloj parado,
riego flores marchitas,
escucho discos mudos,
admiro lienzos vírgenes,
sueño en negro,
predigo el pasado,
camino sin desplazarme,
contemplo paredes desnudas,
duermo en una cama vertical
con los ojos abiertos,
me baño en una pileta seca,
me acicalo en un espejo sin azogue
con un peine sin púas,
me quemo bajo el cielo nublado,
cuento estrellas muertas,
aúllo a las noches sin luna,
me ciega la oscuridad
y le hago fotos sin película
tras mis gafas de sol,
grito sin abrir la boca,
observo a través de cristales opacos,
fumo cigarros apagados,
ordeno cajones desiertos,
me deleito con el aroma de la nada,
añoro lo que nunca ocurrió,
miro una pantalla en negro,
atiendo llamadas que no suenan,
toco una guitarra sin cuerdas,
un piano sin teclas,
acaricio la silueta del vacío,
me seco cada lágrima que no brota.

Puedo descoyuntarme de tanto bailar el silencio.

domingo 12 de julio de 2009

Silencio

Érase un ordenador con vocación de enfermo, que otorgó a su dueño vocación de mudo. Cuando él vuelva, volveré yo. Sorry.