viernes 12 de junio de 2009

Lunes, lunes, lunes...

Ilustración: "Perro semihundido", Francisco de Goya, 1819-1823.

Lunes, 27 de abril. Todo el mundo ignora un hecho insólito: vivo en un día del que no logro escapar y no es el de la marmota, sino el del cerdo constipado.
A las siete de la tarde nos confirman que nos quedamos en Almansa con lo puesto. Hay que buscar refugio para pasar la noche y aprovisionarse de ropa para los días venideros. Puede ser que en la hora bruja, este lunes embrujado, 27 de abril, me deje en paz de una vez por todas. No sé qué hará sin mí. Es como un amigo plasta, como una novia celosa que no se deja abandonar, como una prima de carabina, como la amiga sujeta-velas, como una pesadilla que vuelve al cerrar los ojos, como el desvío de la carretera con el que te topas una y otra vez cuando estás perdido, como el matón del colegio que siempre te espera en el pasillo, como los recibos a primero de mes, como una canción del verano, como la voz de una madre recordándote que ordenes tu cuarto, como una boñiga pisada a primera hora, como un mosquito en la noche.


Encontrar alojamiento no resulta difícil. Junto al hospital, hay dos establecimientos hosteleros. Uno es un hotel-spa y el otro, un motel de la antigua carretera general. Uno posee el sugerente nombre de “Blu Hotel” y una estética atractiva. El otro parece un colegio cerrado y se conoce como “Las flores”. Hay que cruzar los dedos para que el precio del primero no sea desorbitado.

Entramos en recepción con nuestras aparatosas mochilas y la Nena colgada del hombro. Nada que comentar sobre los estragos que causa un lunes de cuarenta y tres horas en mi cara, ni los que el amago hipocondríaco de gripe porcina ha dejado en CBR, tan hermoso con su traje como un comulgante vestido de general de brigada. La mujer que atiende la recepción nos sonríe indicándonos que nos atenderá en cuanto deje de discutir con la persona que está al otro lado de la línea telefónica. Lo que da de sí la comunicación no verbal. Aprovechamos ese lapso de tiempo para ojear el interior del edificio. Decoración minimalista y monocromática. Objetos imposibles que parecen no tener utilidad alguna y sofás que carecen de la más mínima ergonomía. O sea, un hotel muy moderno.

La recepcionista deja de sonreír y comienza a bufar como un Mihura . No deja de repetir: - “Señora, si me facilita una dirección de correo electrónico, le envío las tarifas especificadas… no la oigo… se me va…”.

En un momento, se aparta el auricular de la oreja y nos comenta con plena confianza lo irritante que es la señora en cuestión, a lo que parece que la señora cuelga. Aliviada del trajín y avisados nosotros de cómo se las gasta, vuelve a mostrarnos la mejor de sus sonrisas. El precio es asumible, así que preguntamos por la disponibilidad de habitaciones. Nos pregunta si nos quedamos para las fiestas, que empiezan el 1 de mayo. “Si este lunes, 27 de abril, se acaba en algún momento, todo es posible.”

Aunque, ¿fiestas? Si el pobre afectado ha contagiado a algún paisano y no está controlado, en cuatro días, los almanseños darán rienda suelta a un festival de vasos de compartidos, besos, morreos, sangre salpicada de las consabidas peleas etílicas, escupitajos, gritos por los que se escapa la vida, estornudos, toses, abrazos, sudor, flujos de toda índole… No cabe duda, si la pandemia se produce, nacerá en Almansa. Hay que aparcar de inmediato esta premonición porque de ser así, nos podemos ir dando por sodomizados.

Fotografía: www.laverdad.es


Aún me pregunto cuál fue el indicador de nuestro aspecto que animó a la recepcionista a tramitar por sí misma una habitación compartida, pero aclarado este aspecto sin hacerla bufar, nos dice que uno de los dos tendrá que dormir en una habitación para minusválidos que, por sorteo, le toca a CBR. No se diferencia mucho de una habitación normal, salvo porque tiene dos camas supletorias y una silla encajada sobre el plato de ducha . Esto último me parece un invento estupendo para tomar sentado la ducha matutina, pero la recién descubierta hipocondría de CBR, le impide pegar el culo al taburete aún poniendo una toalla, por lo que según confesión propia, se aseará bajo el chorro abierto de patas para esquivar el aparatejo. Esa imagen me acompañará durante el resto de mi vida, por mucho que me esfuerce en borrarla.

Resuelto el alojamiento, nos adentramos en el centro de la ciudad engalanada, en busca de ropa y alguna otra cosa más. En el interior no sopla el viento con tanta rabia y la gente circula con normalidad por las calles, más concentrados en los próximos festejos que en gorrinos con mocos.

Suelo llevar siempre un pequeño neceser en la mochila por el tema de las lentillas, pero en la segunda mañana del lunes, 27 de abril, la substituí por las botas de vestir para no desentonar mucho con el traje. Iluso de mí. Este lunes cabrón y traicionero venía avisándome y no le hice caso.

No sé si recordaréis un suceso de la España negra que aconteció hace un par de años y pico. El alcalde de una pequeña población de 25 habitantes, Fago, apareció muerto a tiros en la carretera, junto a su coche, y todo el pueblo era sospechoso de homicidio. Según nos dijo el asesino confeso un mes antes de entregarse, allí la gente se decía “te voy a matar” como quien dice “buenos días”. Nunca llegué a averiguar si también decían “buenos días” como quien dice “te voy a matar”.

Fotografía: Cristóbal Manuel.

Saco esto a colación porque fuimos enviados allí por un día y estuvimos una semana. Con lo puesto. Sin posibilidad de comprar ropa. Los habitantes no salían de casa hasta que no desaparecían el centenar de periodistas que pululaban por aquel pueblo de una plaza y tres calles. Durante una semana nos encontramos a muchos compañeros conocidos. La efusividad de los saludos era directamente proporcional a la distancia que inmediatamente ponían de nosotros para evitar nuestro tufo. Nadie quería acompañarnos en la comida ni en la cena y preferían hablarnos a gritos desde la lejanía, o incluso aprovechando el eco de las montañas. Aún así, el ser humano es sorprendente por su capacidad de adaptación y una compañera acabó beneficiándose a un colega de otra tele, al que no pareció importarle su inseparable aroma a chotuno ni que su ropa hablase y anduviese sola. Recuerdo que volvimos en un avión desde Pamplona y el pasaje salió rubio de la nave.

Otra vez me pierdo.

Comprar ropa, por tanto, no es un capricho. Antes paro en una óptica a comprar suero para las lentillas y una cajita donde depositarlas. Sólo tienen el envase familiar del líquido (para familias miopes)y me planteo si no lo acabaré gastando. Le pregunto a la dependiente dónde podemos comprar ropa interior. “Mañana es día de mercadillo.”- contesta displicente. Bueno, es algo más urgente. Me señala una tienda en la siguiente manzana, comenta jocosa lo jodido que es no tener gayumbos y me pregunta si nos quedamos para las fiestas.

Nos dirigimos a “Modas Amos”, regentada por una imponente y encantadora mujer (os adelanto que el roce hace el cariño) y su señora madre. Allí se puede encontrar todo género de ropa para todos los géneros, aunque compruebo que su especialidad es la confección del traje tradicional de las fiestas, tamaño infante.

- “Querríamos calzoncillo, calcetines y camiseta para cada uno”, (la consabida triple K). Aunque pese, no sabéis lo que alivia llevar a la Nena colgada en ciertas situaciones. Sin ella, no sé cómo la señora hubiese recibido la frase de un tipo con aspecto de haberse escapado de la selva y su joven acompañante, a medio trajear. Una versión esperpéntico-periodística de Roberto Alcázar y Pedrín. La mujer hace gala de sus dotes de observación y nos pregunta si hemos venido por lo del chico de la gripe. Correcto. “Pues anda el pobre, que se va a perder las fiestas. ¿Vosotros os quedaréis?”

Nos acogemos a una irresistible oferta de calzoncillos: un pack de dos en blanco y negro que repartiremos más tarde. Nos despedimos hasta el día siguiente o hasta nunca jamás, después de abonar el montante, y nos vamos a una farmacia a comprar algo para dar lustre a la piñata. Tras dar las explicaciones pertinentes de que estamos por lo del chico y que aún no sabemos si nos quedamos para las fiestas, empiezo a pensar que el boticario tiene una posible entrevista. Le podemos preguntar si la gente ha acudido en busca del antídoto de la gripe, el Tamiflú, o si se ha disparado la venta de mascarillas protectoras. Como me responde “a todo, no” y como si nos sodomizan finalmente y no salimos de Almansa en días, vamos a tener que rascar hasta el núcleo de la Tierra para encontrar temas; no enciendo la cámara, pero anoto la idea.

Nos volvemos al hotel, deseando deshacernos de la Nena y descansar un rato hasta la hora de la cena. Parece coña, pero la recepcionista está hablando de nuevo con la señora que quiere que le recite el listado de tarifas por teléfono. Cuelga, resopla y nos avisa de que el restaurante está cerrado porque es lunes (a mí me lo vas a decir, bonita).

Ilustración: "La Batalla de Almansa". Ricardo Balaca, 1862.

En esa hora de relax previa a la cena, las fuerzas se desmoronan y comienza la batalla entre el hambre y el sueño, como si celebrasen por su cuenta el III Centenario de la Batalla de Almansa, que tuvo lugar el 25 de abril de 1707, entre los partidarios de Felipe V y el Archiduque Carlos, en plena Guerra de Sucesión. El hambre machaca al sueño y salimos en busca de un suculento trozo de carne y una botella de vino para dar matarile a este voraz lunes, 27 de abril. El muy recomendable restaurante “Gonzalo” nos suministra tan delicioso manjar. Está casi vacío y nos agasajan como reyes. Los lunes, ya se sabe.

A solas en la habitación, disfruto del placer que otorga la inmensidad de un camastro que parece un vasto e impoluto desierto polar. Corro el riesgo de quedarme dormido con las lentillas puestas si veo la tele. Mis gafas reposan en la Ciudad de las facturas sin unos ojos que las miren. Así que me quedo cegato y me pego a Norman Mailer a la punta de la nariz hasta que mi cerebro da la orden de desconexión.

Entretanto, dejó de ser lunes. Ya no es 27 de abril. Un día tan narcisista y persistente que acaba muriendo sin funerales ni responsos. La miopía ni siquiera me ha dejado verlo alejarse. Pero se ha ido. Es un hecho. EL OTRO LADO está en silencio y Jim Morrison permanece callado y alerta para cantar al oído de Pam Courson “Love street”, a las 7 de la mañana del martes, 28 de abril. A las 10 debe estar enviado un vídeo con imágenes del Hospital a primera hora, con declaraciones de vecinos acerca de su estado de ansiedad ante la posible convivencia con el virus que sufren los cerdos y que muta para atacar a las personas que han visto mariachis. Si es posible, hay que pillar a algún familiar del chico ingresado que va a perderse las fiestas.





Es entonces cuando pienso que los días de 48 horas no son de mi agrado y que este martes puede salirme envidioso.

viernes 22 de mayo de 2009

Break on through (to the other side).

Ilustración: "La persistencia de la memoria", Salvador Dalí.



Lunes, 27 de abril. Desde siempre.

"Kacho, olvídate de Sarkoy. Se confirma el primer caso de gripe porcina en Europa. Tira pa Almansa."

La atalaya que tanto había sudado vuelve a quedar libre. Quedan apenas cuatro minutos para que llegue el cochazo y el agasajamiento en tromba que España va a ofrecer a los Sres. Sarkozy, más porque son "chupis" y molan, que por ser presidente de una república y primera dama (ella da la vez). Apenas quedan tres minutos, y tras el insomnio y la carrera que antecedieron al florido y pomposo acto, me lo voy a perder porque hay un manchego ingresado en un hospital que estornuda, tose, moquea, suda, se calienta y vomita como un cerdo.

Recuerdo que cuando era pequeño, se sufrían tres tipos de enfermedades comunes: el catarro-constipado, la cagalera y la vomitera. No había más. Una vez me dijo un médico que tenía gastroenteritis y me giré a mi madre acojonado, inquiriéndole con la mirada si aquello era mortal de necesidad o qué. Luego conocí la gripe intestinal, la común, la aviar, la puta gripe y ahora, la porcina. O nueva gripe. O gripe A. Ah. Si fuésemos italianos, la llamaríamos "porca gripe" y tan a gustico.

Me pierdo, como siempre.

"Destrinco" a la Nena del trípode con cara de tortuga veloz. Ni que Almansa fuera a ser movida del lugar que ocupa. Como no es momento de ir a ninguna parte y de vez en cuando sufro impulsos repentinos e incontrolables, primos hermanos de la convulsión y que definiremos en esta casa como "kachadas"; todo el mundo observa con cara de berberecho tan súbito acontecimiento. Explico a mis compañeros que me largo adonde me largo y que disfruten sin mí de la Ortiz y de la Bruni (sé que había más gente, pero no había tiempo de enumeraciones más exhaustivas). Un compañero fotógrafo de la agencia es quien hereda mi preciado emplazamiento y como sincera muestra de eterna gratitud, me anuncia que desde la carretera que sigue hasta Alicante, hay una preciosa toma del Hospital de Almansa con el castillo de ídem al fondo, que él lo ve siempre que va con su familia a Benidorm. En unas horas comprobaré que tenía más razón que un santo.

Pasamos por la agencia para recoger los trastos de matar que nos faltan. Un ordenador para editar y otro para que el compañero-becario-redactor redacte. Cargadores varios, cables, máscaras y desinfectantes que nos enviaron cuando lo de la gripe aviar (sí, sí, como lo leéis) y repuestos de casi todo excepto de ropa. Y es que según quien da las órdenes, no hay tiempo de pasar por casa para apañar algo con lo que cambiarse al día siguiente si toca pernocta. Que os digo yo que se llevan Almansa. Yo no llevo ni las gafas y según se mire, puede ser peor o mejor que la incoveniencia que sufre el compañero-becario-redactor, que vino a primera hora de traje y se va de traje a Almansa; de lo que va a resultar que, efectivamente, la trasladan. Como ya os había contado, me había puesto un pantalón de proletario para ir en la moto, así que me lo repongo y emprendemos el camino hacia el pueblo móvil.

"No corráis". Suena a sorna. Por si no os acordáis, para mí es lunes, 27 de abril, desde hace treinta y cuatro horas, durante las cuales, lo que más he hecho ha sido correr. Al fin y al cabo, ahora corre el coche mientras yo voy sentado. Empiezo a notar los efectos de este lunes eterno, como la noche de los tiempos, en cuanto apoyo el culo en el asiento. El traqueteo y el vaivén de la recurrente A-3 me ayudan a conciliar el deseado y postergado sueño. Dos cosas se oponen aún a su bienvenida llegada: no dejar a solas al compañero-becario-redactor y que conduzco yo. Así que ventanilla abierta y musicón a todo volumen. Que el caos termine de conquistar el territorio. Por el camino, intento vislumbrar qué podemos encontrarnos allí y cómo afrontarlo periodísticamente. Dudo que la ciudad haya sido sitiada. Si es un hervidero de máscaras de las que no se lucen en el carnaval, ya nos podemos ir dando por sodomizados (i). Eso querría decir que tendríamos trabajo de sol a sol y que no saldríamos de allí en semana y media. Tampoco sabemos cuántos medios de comunicación han llegado antes que nosotros. Almansa puede ser en este momento, un plató gigantesco. Si es así, podemos darnos por sodomizados. Hace rato que se me pasó el sueño. Estoy ansioso por llegar y encontrarme cara a cara con la situación.

Una paradita para engullir comida-basura y un montón de cafeína, y a las cinco y media hacemos nuestra entrada triunfal en Almansa. La villa parece tranquila. Hay lugares en los que reina la calma con absolutismo tal, que ni una bomba nuclear alteraría la paz establecida. Parece ser uno de esos sitios. Llegamos a la puerta del hospital. Dos unidades móviles y media decena de coches marcados con logotipos de medios están plantados amenazantes ante sus muros. Una treintena de compañeros se guarecen del viento junto a la entrada.





"¡Hostia puta, qué viento!", contarán los libros de Historia que fueron mis primeras palabras al poner mi primer pie en Almansa, un lunes, 27 de abril, con la kufiya sacudiéndome el careto.

Primera impresión: con este viento no hay virus que pueda permanecer en el ambiente. De hecho, si semejante ventolera viniese de México, sería factible haber traído consigo el dichoso virus, los cerdos y los mil seiscientos infectados que se conocen a fecha de este largo y sin par lunes, 27 de abril.

Repito, entrada triunfal. Yo, con mis pintas de monje con dos pistolas y mi cara de koala agobiado, y el compañero-becario-redactor, con su traje de dependiente de El Corte Inglés; saliendo a toda leche del coche con los trastos de matar, con fuerte viento racheado que nos inclina cuales torres de Pisa. A pesar de ello, paso firme hacia el rebaño en el que todos se conocen y nosotros somos forasteros.

Un saludito y una presentación, para someterlos al tercer grado y que rajen todo lo que saben. CBR (licenciadme de "compañero-becario-redactor" a partir de ahora) acata la orden de ir a buscar a la responsable de prensa del hospital para que igualmente cante la traviata. Los compañeros mugrientos resultan de lo más amable y solícito. Así da gusto. La suerte está de nuestro lado y a las seis, ofrecerán una rueda de prensa en el interior de este edificio grande con camas (donde a veces, no hay bastantes). La mayoría de los medios vienen de Albacete, Valencia y Alicante.

Informamos a la autoridad pertinente de lo que va a ocurrir. Las instrucciones son grabar la rueda de prensa, unos exteriores del hospital, alguna imagen de gente con máscaras y conseguir una declaración a cámara de algún familiar del malogrado convaleciente.

Nos indican que entremos al hospital y que nos dirijamos al salón de actos. Yo sigo con el chip de la prensa madrileña: corre como si la felicidad te esperase al otro lado y písale la cabeza a tu madre, si te entorpece el camino. Pero los compis que hoy me rodean han aprendido a vivir y a convivir en el curro sin matarse. Suele ocurrir fuera de la Ciudad de las facturas. Son tan extraños... ¡parecen personas! Decelero y descubro que se puede respirar mientras se camina. Aún así, la marabunta de tan peculiares porteadores despierta la curiosidad de la gente cuando atravesamos los pasillos del edificio.


La rueda de prensa comienza y transcurridos unos minutos, un fotógrafo se apoya en una pared y apaga las luces de la sala. Nadie es capaz de dar con la combinación correcta de los interruptores y no hay luz suficiente para seguir grabando. Lo decimos todos a la vez, no sea que se nos entienda, y algún cachondo grita que van a gasearnos. La Directora General de Salud de Castilla-La Mancha, el responsable del equipo médico que trata al paciente y un epidemiólogo que han llevado para explicarnos qué carajo viene a ser el N1H1; se miran entre sí con cara de mejillones revenidos, buscando una explicación ante tal revuelo espontáneo. La luz vuelve a hacerse al fin. Retomamos las preguntas y las respuestas. Es entonces cuando se hace oír un personaje que previamente había llamado mi atención. Había llegado en una Honda Goldwin, poco antes del inicio de la comparecencia. Una considerable bandera española lucía, soportando el azote del viento rabioso, sobre una de las maletas de la moto. Su casco ocultaba un cabello rapado al uno, un rostro enjuto que aparentaba unos cuarenta años mal llevados, ornamentado con un bigote de apenas medio centímetro de grosor pegado al labio. Su mirada parecía desencajada y sus movimientos gozaban de una inercia cuasi-espasmódica. Vestía unos pantalones con muchos bolsillos (de ésos en los que es más fácil perder las cosas), botas militares en las se remetían los perniles y una sudadera con la enigmática leyenda "BOMBEROS DE ALBACETE". Un tío raro de cojones. Y fotógrafo, según el equipo que porta.

Como decía, el tipo destacaba entre la manada como una stripper en un parvulario. Tras un buen número de respuestas, los comparecientes preguntan si los periodistas desean saber algo más. El silencio se impone y parece ser que la cosa llega a su fin. Entonces, brotando de entre la masa, surge nuestro amigo con una nueva cuestión, declamada con tal énfasis gestual y tal histrionismo, propio de las tragedias griegas; que se apodera en un segundo de todas las miradas perplejas:

-"¡¿Cuál el mensaje que dan a la sociedad y a toda la humanidad, ante esta terrible amenaza?!"

Ni que decir tiene que ni el más sieso del salón puede retener la carcajada. El doctor improvisa un mensaje de tranquilidad (a toda la humanidad, desde Almansa), pero esto no satisface al inclasificable y original fotoperiodista-motorista-bélicosobomberoide-redactor, así que insiste en sus pregunta acrecentando la dimensión de sus gestos y el engolamiento y el volumen de su voz. Tras la repetición de la respuesta, termina la rueda de prensa. De ella podemos deducir que el muchacho con dolencia de cerdo está bajo control y que sus síntomas han remitido. También que permanecerá ingresado cuatro o cinco días más, y lo más importante, que ni él ni su familia quieren relación alguna con la prensa. Esto supone un inconveniente para las pretensiones amarillistas de los responsables de los medios. Ya sabéis de qué va el tema, últimamente.

Tan absorto estoy con la brillante actuación del bombero-reportero, que no me había dado cuenta de que mi CBR está más blanco que la bata del doctor y que el sudor resbala por su rostro pálido. Con el día que llevamos y el suculento festín que nos hemos regalado, no encuentro motivo por el que pueda sentirse mal. Me alivia al informarme que es hipocondríaco y que de tanto escuchar hablar de la dichosa enfermedad, cree sufrir todos los síntomas. Tal y como he aprendido de las películas de Woody Allen, insuperables fuentes de saber, el peor tratamiento para este tipo de pacientes es hacerles caso. Le arreo una metafórica colleja y salimos juntos del hospital para hacer el resto de los deberes.


Fotografía: Gloria Stravers.



"Hostia puta, qué viento." Llamo a la agencia y les describo el panorama, a la espera de nuevas instrucciones para montar el vídeo y enviarlo. Me piden que espere a que lo consulten con los ingleses y a los pocos minutos, unos platillos tintinean en mi bolsillo y una guitarra puntea compases en mi menor. La voz de barítono de Jim Morrison recita la letra de uno de los clásicos más influyentes de la Historia del Rock n' Roll. Desde que fue compuesta, casi cinco décadas atrás, hasta este cojonero lunes, 27 de abril; sigue poniendo la piel de gallina a millones de personas adictas al otro lado.

EL OTRO LADO:- "Londres no quiere que enviéis nada. Compraos ropa y buscad un hotel. De momento, seguís en Almansa."

jueves 14 de mayo de 2009

Músico, callejero y considerado con el respetable.



Contengan hasta entonces sus aplausos.

domingo 3 de mayo de 2009

Papelajos que acaban en la lavadora. (Vol. III)

Ilustración: "El grito", Edvar Munch.

Cuando su hermano llena la cuchara, él cree que se va a preparar un chute.

Cuando su abuela toma sus pastillas, él escucha bakalao y ve luces estroboscópicas.

Cuando su padre lame un sello, él cree que pega ácidos en los sobres.

Cuando su madre deshace el Avecrem sobre la olla, él cree que sazona el cocido con hachís.

Cuando mira las estelas de vapor que dejan los aviones en el cielo, él las confunde con rayas de cocaína.

Cuando él dejó las drogas, le dijeron que volvería a la realidad.

sábado 2 de mayo de 2009

... night divides the day.

Ilustración:"El sueño de la razón produce monstruos", Franciso de Goya.

El lunes, 27 de abril (después de extraviar un domingo), la agenda estaba cargada desde primera hora. Poco sueño por culpa de la absurda ansiedad que padezco cada vez que el día siguiente me acecha con una cobertura importante. Llevo ya varios años en esto y puedo decir que he hecho casi de todo, pero no puedo evitar obsesionarme al pensar en todos los detalles que pueden provocar que mi trabajo no salga bien.

A las doce y media, está previsto que los reyes reciban a Sarkozy y a su mediática y glamourosa santa esposa. Eso del glamour me parece una de los conceptos más repulsivos que conozco. Se reduce a tocarse los genitales como profesión y a dejarse las perras en ropa, para que una pléyade de gaznápiros deslenguados se tiren el pisto vociferando si la percha es adecuada a la magnificencia del modelito en cuestión. Desde hacía varios días, se había creado espectación ante el duelo de titanes glamourosos que se iba a producir entre la princesa Letizia y Carla Bruni. Se abre un paréntesis en la crisis económica, para restregarnos a los pobres la vidorra que se gastan las altas esferas a cuenta del bolsillo del personal. Los medios de comunicación, sus responsables, mejor dicho; pierden el contacto con la realidad y son hechizados por el cuento de hadas en lugar de denunciar el oprobio correspondiente.

Fotografía: AFP





Perdón, que me pierdo.

En las recepciones oficiales, los reporteros gráficos somos enclaustrados en un lugar que los servicios de seguridad y los responsables de relaciones con la prensa consideran "seguro". Normalmente, obvian añadir que se garanticen las mismas posibilidades para obtener un buen tiro de cámara a todos los asistentes. Lo más usual es que si no coges un sitio en la primera fila, estés realmente jodido. Desconocen, por ejemplo, que la TV precisa de varios planos para elaborar un montaje y que para ello, son necesarios planos abiertos y cerrados, de abertura y de cierre, movimiento y algunas cosas más. Los problemas de los fotógrafos son diferentes, pero también existen. El caso es que si tienes a alguien delante, ya no podrás hacer un plano general sin que te aparezca la coronilla de uno o varios compañeros. El eje horizontal también nos la juega, puesto que no toda la acción es frontal y las plataformas en las que nos ubican, no están siempre bien orientadas. Queda claro que conseguir un buen sitio es de una importancia aplastante. ¿Cómo se obtiene? Ya he hablado alguna vez de ello, pero aquí basta con decir que en un porcentaje masivo de ocasiones es CORRIENDO. Y puedo asegurar que los fotógrafos y los cámaras lo hacen como si al final del camino les esperase la felicidad. Ya luzcan barrigas toneleras, ya sean paticortos, ya tengan más años que Matusalén, ya carezcan de la más mínima aerodinámica; estos tíos se transforman en balas humanas cuando corren a pillar sitio. Soy imbécil, pero pensar en ese momento, en no llegar a tiempo al lugar adecuado, me quita el sueño y aniquila mi frágil paz interior.

Así pues, volvemos a las 6 de la mañana de un interminable lunes, 27 de abril, sin apenas haber dormido y con los nervios alterados. Debía ser que el plato estaba soso, así que, como ya sabemos, un cerdo contagió la gripe a un niño mexicano y éste provocó el pánico a nivel mundial por el simple e involuntario hecho de respirar. Ríete del efecto "mariposa". Volviendo a mi mundo, esto se traduce en tener que tomar unas imágenes del instituto de toxicología al que irán las muestras de los casos sospechosos que hay en España, para editarlas junto a unas tomas del aeropuerto a primera hora. Todo ello ha de estar enviado antes de las 10 de la mañana del insaciable lunes.

Hay que contar que en el Palacio del Pardo, sede de la recepción, los mugrientos no somos admitidos con nuestras pintas habituales. No podemos desentonar con tanto glamour y se nos exige el disfraz oficial de la sociedad civilizada: el traje de chaqueta y corbata. Lo meto en su funda y lo ato a la mochila para que no salga volando cuando me suba en la moto. Además, paso de ir a grabar con semejante semblante fuera de las puertas de palacio.

Terminé el vídeo del gripe porcina y me metí en el servicio para salir hecho un guaperas. Agarré los trastos de matar y me dirigí con un compañero al Pardo. Nos acreditaron, comprobaron que nuestro material no incluía nada sospechoso y nos recluyeron en el patio de columnas junto con otros 150 reporteros gráficos. Pude calcular que para las cámaras de TV, había unos diez puestos buenos. Bueno, sólo hay que correr, cargado con la Nena y el trípode, más que 140 tíos que tienen las mismas o más ganas que tú de llegar a la codiciada meta. Al fin y al cabo, yo elegí esta profesión.

Iniciamos el camino acompañados por un agente que hace de pastor y amenaza con echar a la puta calle al que lo adelante. Harto de desgañitarse, nos manda a tomar por el culo, a ver si nos matamos, y se inicia la estampida. Son unos 50 metros de sprint y, como me conozco los sitios buenos y no todos los conocen, consigo llegar a uno de ellos. Estamos todos para echar el bofe, pero por mi zona, todo el mundo se muestra contento al comprobar que vamos a tener un tiro limpio de la bajada del coche, los saludos y los himnos nacionales. Algún jeta, más famoso por ella que por su nombre bautismal, pide un huequecito o ponerse delante agachado. Ya se sabe que en la guerra, cualquier agujero es trinchera, pero arriesgarse a que te jodan el plano es casi suicida.

Queda una hora para que comience el acto. Balances de blancos, planos de recurso, pruebas de sensibilidad, luz y obturación... un ritual que asegura que la imagen sea decente. Según nos relajamos, intercambiamos el humo de los cigarros con saludos y conversación. Hoy es de esos días en los que nos encontramos todos. El tiempo pasa de un modo ameno, pero se ralentiza en los minutos finales previos al comienzo del acto. Todos en posición. Los fotógrafos mantienen la cámara a un lado de la cara, el dedo índice de la mano derecha presto sobre el disparador y la izquierda en la rueda del zoom, con la mirada fija en el punto por el que entrará el Rolls Royce en el que llegan el presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy y su esposa, la ex-modelo y cantautora, Carla Bruni. Los cámaras de TV mantienen su mano izquierda en el objetivo de sus Nenas, meñique en el enfoque e índice en el diafragma, abrazando los trípodes, el pulgar de la mano derecha rozando el rec, índice y corazón sobre la tecla doble del zoom y apartando el ojo del visor, mientras por la avenida que conduce a palacio, se aproximan los reyes, los príncipes y el presidente del gobierno. Ya sólo hay que hacer bien aquello por lo que nos pagan y que a veces, nos quita el sueño.

De pronto, mi teléfono vibra en mi bolsillo y medio segundo después, John Densmore
marca el ritmo de una bossanova, para que Robbie Krieger le atice a las cuerdas graves con un histórico riff, mientras que Ray Manzarek acaricia las teclas de un primitivo sintetizador. Jim Morrison sostiene el micrófono, cierra los ojos y recita una apocalíptica oda al caos:

-"You know the day destroys the night,
night divides the day.
Try to run, try to hide.
Break on trhough to the other side."




EL OTRO LADO: -"Kacho, olvídate de Sarkozy. Se confirma el primer caso de gripe porcina en Europa. Tira pa Almansa."

viernes 1 de mayo de 2009

El insomnio.



Estoy solo en la noche y todo me pertenece.

Oigo el silencio y puedo oír vuestra respiración, el aire que os hace latir el corazón y que os ata a la vida en esa imitación a la muerte que llamáis sueño.

Puedo sentir vuestra inconsciencia y la confianza de entregar el gobierno de vuestras vidas a esa parte oculta de vuestra mente que llamáis subconsciente.

Puedo leer vuestros sueños.

Quizá mañana despertéis atormentados por las imágenes que
proyectó vuestro yo ignoto y os preguntéis si sabéis quién sois en realidad.

Y quizá estaréis confusos y asustados porque las tinieblas os mostraron todo aquello que la luz esconde, pero también puede ser que descubráis la esencia de vuestros anhelos.

Puedo abrasarme con el sol que brilla al otro lado del planeta.

Puedo vibrar con el bullicio de las ciudades despiertas.

Bajo el imperio de la luna, la vida se concentra en tugurios de mala muerte, donde el instinto devora a la razón y el ruido se traga las palabras.

Puedo ver lo que niegan vuestros ojos cerrados.

La vista a través de la ventana me ofrece vuestra existencia en suspenso y la escasa audiencia que gozan las estrellas y el desprecio que hacéis a su luz, que atraviesa el espacio durante años para llegar a este planeta de ingratos; al igual que diviso a los osados que mantienen la penumbra como si quisieran ser estrellas, como espectros supervivientes de la devastación ciega de la noche.

Puedo esperar a que abras los párpados para volver a encontrar la luna en tus ojos.

Puedo saborear la sal de las lágrimas que derraman aquellos a los que el dolor arrebató el sueño.

Puedo sufrir por el martirio al que son sometidos los que pervirtieron su conciencia.

Puedo compartir el deseo y la pasión de los cuerpos desnudos que olvidan a quién pertenecen, rogando ser poseídos; del mismo modo que me entrego a caricias carentes de afecto pagadas con dinero.

Mientras tanto, duermes junto a mí, atrapada en la inercia de la ley de la naturaleza, que te secuestra y me priva de ti.

Puedo dejarme arrastrar por el viento que surca los rincones de la ciudad dormida.

Puedo helarme por el frío y quemarme con el calor que perturba vuestro descanso.

Puedo mirar la cara de la luna, sin someterme a la condena de quedarme ciego por mirar al sol.

Puedo caer en todas las tentaciones que evitáis.

Cuando los demás os escondéis, aprovecho vuestra ausencia para soñar despierto, porque hubo un día en que dejé de dormir por las noches.

miércoles 29 de abril de 2009

You know the day destroys the night...

Fotografía: Gloria Stavers.



27 de abril. Lunes con sabor a martes, porque el domingo se quitó el traje rojo y se enlutó.

Hay veces que pienso que el mundo lo habitan millones de inconscientes que transforman una porción de su vida en noticia con la cruel intención de hacerme trabajar. O no sé si hay un demonio o una deidad que, con el mismo fin, dilucida fenómenos tan esperpénticos como es que un cerdo le contagie la gripe a un ser humano. Y sólo para que un servidor, núcleo egocéntrico de mi reducido universo, no pueda malgastar un domingo de lluvia y viento despatarrado en el sofá, con la conciencia tranquila e ilusa por saber que mi inactividad no va a alterar la evolución del cosmos.

Mi teléfono móvil vibra medio segundo antes de que Krieger y Densmore se arranquen con “Break on through”. Durante esa mitad de un segundo, soy capaz de vaticinar mi futuro más inmediato, que se torna aciago cuando la pantalla me escupe que es la agencia quien me llama.

27 de abril. Lunes, seis de la mañana que se disfraza de cuatro, porque la noche menguó.

No hay nada como planificar un domingo para que deje de serlo. Un agujerito en el estómago empieza a asemejarse a un abismo. Es un momento feliz el que precede a una suculenta comida. Sin embargo, el teléfono me canta que el día destruye la noche y lo demás ya me lo sé. Es curiosa mi repetitiva actitud de interés por lo que me cuentan desde el otro lado, cuando digan lo que digan, sólo se admite por respuesta salir por patas. Un par de inconscientes de esos que habitan los pueblos de la Tierra, ha cometido la imprudencia de viajar a México y a su regreso, acometen la extravagancia de enfermar como cochinos. Un vasco y un manchego con la gripe de un marrano, incubada en el país de las rancheras. Hay que reconocer la creatividad que se gasta quien quiera que sea, para evitar que mi domingo se pierda en el limbo de los días olvidados. Tengo que editar imágenes y ruedas de prensa para que desde Londres, se distribuyan a los clientes. Monto el video con la premura que me otorga el deseo de volver pronto a casa, pero comprobar que no hay más trabajo que hacer, atrasa ese momento hasta las cinco. Mi festín se pudre. Engullo comida-basura.

27 de abril. Lunes. El espejo se ríe de mi cara en mi cara, porque me dejo los cuernos que me han salido en averiguar con quién me fue infiel mi domingo.

Al menos, tengo la tripa llena y estoy tumbado y seco. Hace veinte minutos, estaba hambriento y me preguntaba a quién le divierte tanto que empiece a llover cuando voy sobre la moto y estoy a mitad de camino a casa. Se me cierran los ojos. Aunque tarde, todo empieza a funcionar según lo planeado. Tras medio segundo de vibración, Jim Morrison me dice que trate de correr, que trate de esconderme y que me adentre en el otro lado. Pero el otro lado me dice que un avión procedente del otro lado del Atlántico va aterrizar en Barajas. No es muy común hallar en eso un motivo para salir por patas, pero al fin y al cabo, yo elegí esta vida. Vuelo sobre el asfalto hacia el aeropuerto, donde no llego a tocar tierra, puesto que me comunican que era una información errónea. Ha de ser muy peculiar el sentido del humor de quien se divierte con todo esto. Me vuelvo a la oficina a dejar el equipo y a consensuar la estrategia del día siguiente. Hay suficiente para repartir y me aprendo mi parte. Son las once de la noche y no tengo ni hambre ni sueño. Busco en los cajones, debajo del sofá, en el desagüe, en las mochilas, en las cajas, detrás de las puertas; pero mi domingo no aparece. Es lunes , 26 de abril y mañana será lunes, 27 de abril.

27 de abril. Lunes. Seis de la mañana y aún ignoro todo lo que me queda por contaros.