Fotografía: Alberto Tallón. (Sin permiso)El camino de vuelta a casa es la vía muerta que se desvía a los abismos. A este Ulises no le espera Penélope. Se adentra voluntariamente en los limbos oscuros del Olimpo. Allá donde un resto de ser humano puede ser recibido con cierta benevolencia porque no sabe en qué antro se dejó la dignidad.
Los guardianes de la perdición le abren las puertas de la entrada en barrena. La masa informe se divierte en masa mientras él busca por la Ciudad de las facturas lo que fue el motivo de su felicidad. La música que le ensordece le parece nueva porque siempre sonó enmudecida por el susurro de su voz. Se adentra sin su mano en su cintura, sin el rastro de su aroma, sin lanzar miradas inquisidoras a la pléyade de chuzos que se rompían el cuello al paso del objeto de su veneración.
Busca un hueco solitario donde los demás buscan compañía. Los codos fijados a la barra. El cenicero próximo a la medida del brazo. El pie sobre el estribo y el vaso lleno. A rebosar, de algo que entre generando más fuego del que despiden las brasas que le consumen por dentro.
Postura fingida.
Mirada perdida.
Cigarro prendido.
Parece un mito.
Las canciones que le recitó han escondido su letra porque ella no las quiere oir.
Se regocija en el patetismo de su actitud y se cobra el triunfo de las miradas de todo tipo que atrae. Al fin y al cabo, se siente diferente entre todos aquellos a los que no se quiere parecer. Ellos vinieron a fomentar el olvido. Él llegó para cimentar sus recuerdos. Mientras todos rebuscan entre la sección de novedades, él viene a agotar otra posibilidad de encontrarla entre dos millones.
Trastea en los rincones y se encuentra con sus besos, pero besa el frío de un vaso cuyo contenido le abrasa. Todo es bueno porque es malo. Todo es una paradoja. Se siente solo por despreciar su compañía. Se odia porque la quiere. Su ausencia está presente. La mira donde no está. Se muere por vivir con ella. Tiene prisa por darle tiempo. Se pierde por recuperarla. Se cuestiona en futuro el presente. No sabe si le duele más que esté bien o que esté mal. La imagina de la peor manera para sentirse mejor. La imagina bien para sentirse mal. Quiere aniquilar su ego a tragos.
Sigue buscando su imagen y se detiene en quien se le parece. Se pudre. No está y no va a llegar. Sólo quedan mil garitos en los que buscar. Mil garitos en los que no es nadie cuando quiere volver a sentirse alguien.
Mata la culpa a tragos cuando aflora. Fuma más para nublar lo que no aceptó.
Las bocas de los parroquianos parecen escupir mierda. Sabe que en otro lugar, alguien hace lo mismo sobre él. Eso lo aplaca un vaso lleno más. Sigue girando el cuello hasta doler más de lo que había estado soportando. Cierra los ojos para verla aparecer. Espera el truco del prestidigitador para volver a creer en la magia. Ya sabe que es idiota. Siempre le gustó dejarse engañar. A veces, las que menos, se conformó con la verdad.
Exprime los hielos para agotar su energía y caer muerto para enfrentarse a un día siguiente más. Cuando se ahoga, porque nada tiene ya sentido para seguir flotando, acepta la razón:
- Tú.


